El tigre más grande del mundo - Cuento on Flickr.
Los invito a leer mi último cuento.
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El tigre más grande del mundo - Cuento on Flickr.
Los invito a leer mi último cuento.
En 1968, Arthur C. Clarke, escribía en la introducción de su novela “2001. Una odisea espacial” que por cada hombre viviente, la humanidad contaba con 30 hombres muertos. Más de cien mil millones de seres humanos han transitado por este planeta y desaparecido. Muy pronto todos nosotros pasaremos a engrosar ese ejército de seres no vivos… Tal vez por eso nos esforcemos tanto por trascender de algún o cualquier modo, con nuestros hijos o nuestras obras, dejar un legado, algo de nosotros. Pero nadie nos puede develar qué nos depara el polvo en el que nos convertiremos. Dicen ciertos biólogos, genetistas, que el deseo de trascender es un instinto, un mandato genético, un reflejo que garantiza la continuidad de la especie. Los científicos siempre se las ingenian para desalentar la mística o la metafísica de nuestros actos o pensamientos. Pero si nos atenemos a las leyes físicas y astrofísicas, la extinción de la especie y el final de todo, son un hecho inevitable. Este mundo alguna vez desaparecerá. Cuando el sol se apague, la tierra será un planeta muerto. Pero para entonces ya habremos desaparecido hace tiempo. Mucho antes de enfriarse, el sol sufrirá algunas transformaciones que provocarán el sobrecalentamiento de la Tierra y los planetas interiores, haciendo imposible la vida humana.
Nos reconocemos finitos como individuos, pero tendemos a concebirnos eternos como especie. A pesar de las alarmas ambientales que vaticinan las más variadas catástrofes, no solemos aceptar un final para la humanidad. Estar destinados a la extinción es un pensamiento extraño, inconcebible, inacepable. Puede que ese fatídico destino esté demasiado lejos como para procuparnos, pero el final individual está a penas a unos cuantos años de distancia, dias u horas para algunos. Ante el hecho de dejar de existir experimentamos temor o incertidumbre, pero si reflexionamos lo suficiente sobre ello, puede que un nuevo sentimiento se apodere de nosotros: la curiosidad. ¿Tendrá el hombre la capacidad de trascender a su existencia física?
Introducción al artículo “2001. Stanley Kubrick vs. Arthur C. Clarke: Dos maneras de contar… algo distinto.”
http://www.finisafricae.com.ar/27485
De regreso del trabajo, al entrar en su casa, le pareció que algo había cambiado. Se detuvo un instante y miró atentamente a su alrededor. Todo parecía estar en su lugar así que, con esa incertidumbre, continuó con su rutina de llegada: el abrigo en el perchero, el bolso en el aparador y la obligada visita al baño. Hizo pis, se lavó las manos y la cara. Le gustaba lavarse la cara cuando regresaba de la calle, le daba una sensación de alivio, de renovación. El frío del agua en el rostro le produjo un repentido estremecimiento. Al levantar la cara del lavatorio quedó enfrentado al espejo. Se miró extrañado y, como si el reloj del tiempo hubiese retrocedido, revivió cierto día de su niñez, a los cuatro o cinco años, cuando también frente al espejo, había intentado imaginar su rostro de adulto. De seguro no tendría barba ni bigote, no le gustaba, lo recordaría en el futuro para mantenerse bien afeitado. Pero ahora ya podía ver esa cara que acusaba el paso del tiempo; la barba entrecana, el bigote ralo en el centro (mezcla rara de Emiliano Zapata y Confucio), la nariz prominente, el cútiz curtido, los poros abiertos, las ojeras marcadas por el cansancio, el gesto duro, la mirada torva. Se llevó las manos a la cara y recorrió el rostro con los dedos. Siguió mirándose absorto y en silencio. Desde aquel día al presente no podrían haber pasado más que unos pocos días… Miró su entrecejo marcado, sus cejas aún finas, las marcas de la frente, las pronunciadas entradas al cuero cabelludo, el pelo castaño y lacio, aún abundante. Así fue como el niño pudo satisfacer su curiosidad de ver su rostro adulto. Estaba un poco desilusionado, pero no cabía duda de que era él. Entonces sacó la lengua, frunció el ceño, mostró los dientes como una fiera y gesticuló tensionando todos los músculos de la cara. Otras muecas cedieron el paso a los sonidos. Aprisionó aire en los cachetes y los hizo vibrar lanzándolo lentamente, hizo sopapa con la lengua aplicándola y retirándola repetidamente contra el lado interno del labio inferior, hizo el típico tloc-tloc-tloc-tloc que imita el trote de un caballo, produjo unos sonidos rasposos y graves desde la garganta y con la boca cerrada, y de la misma forma, una risa apagada y aguda, y otros sonidos de lo más extraños. Con orgullosa destreza acababa de ejecutar su exclusiva colección de ruiditos, ¿cuánto tiempo había pasado sin hacerlos? Se miró seria y largamente en el espejo y el niño desapareció. Volvió a lavarse la cara como para regresar a la realidad, se secó y salió del cuarto de baño. Fue entonces cuando tuvo la visión: se vió a sí mismo como a un niño de unos cuatro años que corría hacia él con la sonrisa más hermosa que recordara haber visto. Lo seguía una preciosa niña, un poco más grande, de rasgos delicados, que se acercaba con los brazos abiertos. Tras ellos, una hermosa mujer lo miraba con ternura y sonreía alegremente. Se puso en cuclillas para recibir a los niños y los cuatro se fundieron en un abrazo de caricias y besos. Entonces escuchó:
-¡Feliz cumpleaños papá! -Felices cuarenta mi amor.
Relato para mis cuarenta años
Fernando M. Sassone
“He entrado entre los vivientes como se entraría en el sueño de un loco: la mayoría de los que me toman por un sueño despierto duermen profundamente, eso es evidente; en cuanto a los otros, comprenden mi delirio”
“I have entered between the living ones as one would enter the dream of a crazy person: most of whom take me by an awake dream, are deeply sleeping, that is evident; and the others… understand my delirium.”
Karl Friedrich Veldt.
Sobre la fotografía
La imagen fotográfica encierra una paradoja: Cuando fotografiamos a alquien que mira a la cámara su mirada va dirigida al porvenir, porque mira directo a los ojos de quienes verán la foto en el futuro, ellos a su vez indagan en un rostro que ya es parte del pasado. Es un juego de miradas que van y vienen en el tiempo. La fotografía nos lleva a donde nunca estuvimos y nos permite fantasear con ser testigos de sucesos siempre lejanos y extraños.
Como nunca antes en la historia, el hombre contemporáneo se conecta con realidades ajenas mediante imágenes que comunican, difunden, narran y expresan puntos de vista. Pero lo común es que la televisión, el cine y el video sean articulados como discursos del poder o de los intereses creados, en cambio la fotografía aún permite manifestaciones individuales.
Por qué fotografío
Además del goce estético que me provocan, ciertas fotos me motivan a reflexionar sobre la vida, me ayudan a no olvidar, a recordar sentimientos, espacios, situaciones y otras cosas efímeras o sutiles que de otro modo se perderían en mi memoria.
En la película “Blade Runner” (basada en la novela “Do Androids Dream of Electric Sheep?” de Philip K. Dick), androides creados adultos atesoraban fotografías ajenas para crearse la ilusión de haber tenido un pasado, una historia, y mitigar así su insatisfacción existencial, su falta de identidad y trascendencia. De manera inversa, mis viejas fotos se me hacen extrañas y nostálgicas. Ver fotos de antiguos amigos y parientes me hace rememorar alegrías y tristezas, ver la hermosa cara de mi padre, ya fallecido, me recuerda de donde vengo y adonde voy… Mis viejas fotos me hacen sentir a la vez presente y ausente. La ambiguedad de la imagen fotográfica crea paradojas como la de volver al pasado sin posibilidad de revivirlo, delatando lo efímero, leve, sutil y trágico de la vida.
Abrir los ojos
Al viajar y salir de mi burbuja de confort, frustraciones y limitaciones cotidianas, puedo fotografiar situaciones y personas muy ajenas a mi experiencia. Cuando logro a veces registrar el sufrimientos ajeno, comprendiendo que mis infortunios cotidianos podrían ser incluso añorados por estos desdichados que muchas veces hasta carecen de lo más elemental para vivir o para ser felices. Ver otras realidades me despierta de la parsimonia de esta sociedad desigual y perversa, me incentiva a tomar partido, a querer cambiar y crecer. Soy entonces menos ingenuo, más sensible y más desdichado y en algún sentido, más fuerte. En una sociedad cada vez menos comprometida y más individualista, la fotografía funciona en mi como un nexo con la sociedad y con el prójimo.
Fernando M. Sassone